Carmina Burana en el Ballet del Gran Teatro de Ginebra (II)

Carmina Burana en el Ballet del Gran Teatro de Ginebra (II)

  • Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet
    Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet
  • Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet
    Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet

Los hombres se encontraban atrapados en el mundo medieval en la madeja de una red de intensas y constantes amarguras y mortificaciones. No tenían mucho margen a la liberación de esos tormentos psicológicos que la sociedad instituida promovía para lograr el control social sobre los mismos. Dominar sus mentes, atemorizarlos, era lograr la sujeción a las normas de conducta convenientes al poder.Por eso la escapada a un cierto margen de complacencias atraía tanto a quienes sentían el empuje inusitado de la sangre. Siendo ese uno de los componentes esenciales de la Carmina Burana de Carl Off, retomado en la presentación del Ballet del Gran Teatro de Ginebra.

En esas circunstancias, los agitados comportamientos humanos se traducen en exteriorizaciones del drama, polarizado entre la entrega a las ansias de libertad y con eso dejar la entrada en el cuerpo y el pensamiento a las tinieblas más oscuras de las fuerzas del desorden, consideradas altamente desestabilizadoras, enturbiadoras de la mente. El lenguaje corporal adoptado en las diferentes escenas resalta esa condición de confinamiento y tensión.

Se creía durante el medioevo que esto era provocado por no tener la persona la fuerza decarácter suficiente para sobreponerse a las tentaciones voluptuosas del cuerpo. Algunos lograban hacer resistencia al acecho con gran dolor y desasosiego, mientras otros se entregaban sin pensar en las consecuencias. No obstante, unos y otros se verían profundamente afectados.

Para la religión cristiana, el cuerpo físico y sus demandas naturales, emocionales y espirituales debían coordinarse en armonía. El alma estaba ligada a lo sensorio de los instintos, a los sentimientos, a las emociones, pero también a los pensamientos y las decisiones libres. Entrañaba el principio de lo animado, lo que insufla las energías y la vitalidad a lo corporal. Si se corrompía el alma ocurría también al cuerpo, y viceversa. El cuerpo era visto como el lugar del pecado cuando se seguían las demandas del sensualismo carnal. Era el lugar del encantamiento, de la fascinación provocada por los sentidos, el causante del aturdimiento de la razón. La belleza de lo corporal podía ser también la causa de su ruina.

Alma y cuerpo eran concebidas inseparables, interdependientes. La salud en la rectitud del alma significaba la salud del cuerpo. Cuando este se desequilibraba por el poder seductor de los instintos, condenaba el alma a la perdición, a la entrega no contenida a lo sensorial, dejándose llevar sin freno a la sexualidad. El despliegue desmedido de lo sensorial conducía a enturbiar la razón, que para la época debía primar relegada al valor cognoscitivo de la fe según los presupuestos defendidos por los poderes instituidos.

La mente era vista propensa a seguir por el camino del error, por tal razón debían hacerse llamados constantes a la contención. Con eso, las potencialidades reflexivas de las personas se mantenían a un nivel bajo, a no propiciarles cuestionarse esos presupuestos. Algo sumamente importante para continuar ejerciendo la sociedad el poder aplastante sobre ellas.

El coreógrafo francés introduce una dura crítica en Carmina Burana hacia esas contenciones. Evidenciadas en la manera de comportarse los personajes, no tanto por lo de exceso y desajuste social que conllevaban, sino porque el ajustarse “a lo debido” llevaba a la reducción de la libertad de acción. Es en relación a los sistemas de control tal vez influido por Foucault, donde el coreógrafo se detiene a reflexionar juiciosamente y enfatiza en la puesta.

El escenario aparece poblado de figuras sobresalientes situadas en el fondo del escenario con unos tocados especiales en su cabeza, haciendo gestos con sus manos, dictando órdenes, ejerciendo a distancia el control sobre el movimiento de los otros bailarines, manipulándolos. Estas figuras trascendentales se envuelven en significados varios y complejos. Pueden ser las fuerzas irracionales que desde lo psicológico y lo sensorial se ensañan en los cuerpos, haciéndolos actuar de maneras determinadas fuera de su libre voluntad aprovechando sus temperamentos fogosos; o a otra escala de análisis, las fuerzas sociales que se encargan conscientemente de dirigir, manipular y reducir a los hombres, haciendo uso de sus fragilidades para coactar sus acciones libres.

Resulta significativo que pese al escaso interés sensualista pretendido por la filosofía medieval, esta se sustenta en la abierta contraposición a lo sensorio para erigir los fundamentos mismos de lo espiritual. En ese antagonismo se fundamentan los combates ideológicos surgidos hacia las postrimerías de la Baja Edad Media en medio de la polaridad creciente entre lo demandado por la religiosidad, y lo demandado en la práctica social por quienes no se sentían tan atados a esa pesantez de juicios adversos a lo natural.

El dogma cristiano se detuvo y afianzó en la apología y defensa del cristianismo. La escolástica, corriente teológico-filosófica que tuvo dominancia en el pensamiento medieval, partía de oponer la fe a la razón, pretendiendo legitimar el conocimiento dogmático, la autoridad de la fe sobre las ideas procedentes de la razón. La experiencia era reducida a las comprobaciones tácitas de la fe. Las contradicciones surgidas eran vistas como debilidades humanas en la comprensión de las enseñanzas divinas. Si esas comprobaciones las contradecían y polemizaban crudamente con ellas, las declaraban anatema y las rechazaban por falsas.

La reducción de la razón ante la fe, provocó batallas campales en la ideología religiosa, siendo el cuerpo del hombre el lugar donde se perdían o ganaban. El drama se instauraba en el cruce entre naturaleza, razón y fe. Se obligaba a contenerse y desoír las apetencias de la naturaleza corporal o de lo contrario enfrentarse a los tormentos de la culpabilidad.

El mundo inteligible era considerado por la razón teológicadiferente al mundo sensible. Este último se veía sujeto a la confusión de lo verdadero y lo trascendente por la acción distorsionadora de los sentidos. Los dictados de la mente eran estimados irreflexivos cuando el calor de la sangre impulsaba de manera indómita a la complacencia de los sentidos, reduciendo el poder sujetador de los hábitos sociales y produciendo los desórdenes del cuerpo, del alma y de la fe, estigmatizados duramente por las enseñanzas divulgadas de la Biblia. El escenario deja ver en las ejecucionesde los danzantes ese enmarañamiento de la razón por la acción de los sentidos.

Se debía poner constante freno al desencadenamiento de lo instintivo, considerado un signo de bestialidad, de rebaja de lo humano a la condición de la animalidad.Ese rigorismo se sentía sumamente amenazador. Amenazaba convertirse en una ola arrasadora sobre los sentimientos y las aspiraciones naturales de la gente. El universo medieval se cerraba. No daba mucho margen a la acción libre. Y si se hacía, se recordaba de manera insistente que esto podía conducir a un camino alejado de las enseñanzas de Dios. Ese vaciamiento es objetivo de esta presentación danzaria. Ocupa el centro de su mira. Se construyen los movimientos coreográficos en función de revelar esa consecuencia.

Esa severidad en asumir y entronizar en las conciencias el sentimiento de culpa, con el correspondientecastigo por la entrega a los excesos, era el punto donde se afianzaban los baluartes ideológicos del cristianismo. Dominaba un Dios románico, hiriente, castigador, inflexible, muy severo, promovido por la sociedad medieval, que en el día del Juicio Final llamaría con el sonido de trompeta a la salvación de los pocos elegidos y los condenados serían arrojados a las llamas. Distante del modo más suave, abierto y acogedor a la complacencia de los sentidos que se instauraría unos siglos después, en el XIV y el XV durante el periodo Gótico y luego el Renacimiento, en los cuales la vida fue adquiriendo otras visiones menos endurecidas, no por eso exentas de perseguirse y presionar también, bajo las ideas del pecado, el error y la caída. Ideas por las cuales la religión y el poder ejercían sus efectos controladores y manipuladores sobre los hombres, haciéndoles creer en una verdad que era solo la construcción social justificadora del poder. No una verdad de valor universal, como se pretendía hacer ver insistentemente por esos poderes medievales.

Este cuadro convulso del mundo es el mostrado por Carmina Burana. Los representantes de personajes humanos se enfrentan a las consecuencias de su entrega a los deseos carnales, a la bebida y al juego; asimismo al angustioso sometimiento ejercido sobre ellos por las fuerzas controladoras, representadas por las divinidades referidas. En un mundo en extremo cerrado que exige obediencias incuestionadas, los bailarines dejan ver esas dramáticas situaciones con brillantez de movimientos ajustados a los fines conceptuales del coreógrafo. Nada ha dejado este fuera de su consideración. Ha construido una obra singular estructurada en sistema.